Las ciudades se convierten en hornos

Imagen aérea de una gran ciudad con la mayoría de sus tejados con cubiertas vegetales

¡Qué calor! El verano toca a su fin, pero, una vez más, hemos comprobado que “este año” ha hecho más calor que nunca. Aunque no en todos los sitios. Hay zonas, en el norte de España sobre todo, donde podemos considerarnos afortunados. Las olas de calor golpean aquí con menos virulencia y todavía podemos dormir agradablemente la mayoría de las noches. Sin embargo, todo apunta a que, más pronto que tarde, dejaremos de ser tan afortunados.

El aumento de la temperatura a nivel global ha convertido las grandes ciudades en auténticos hornos donde pasear por las calles a determinadas horas puede convertirse en una temeridad. La proliferación de edificios, asfalto y hormigón convierte a estos elementos en enormes acumuladores de calor que se dedican a irradiarlo durante muchas horas después de que el sol se haya ocultado.

Ante este asfixiante panorama, no se puede esperar más y es necesario comenzar a tomar medidas para minimizar los efectos del calor y hacer las ciudades más habitables.

Una de las iniciativas más efectivas sería la creación y aumento de zonas verdes. Los parques y zonas verdes de las ciudades se convierten en refrescantes oasis donde la temperatura puede llegar a ser hasta 12 grados menos que en zonas sin sombra ni arbolado.

Por otro lado, además de refrescar el ambiente, las plantas purifican el aire, por lo que estos espacios naturales son cada vez más necesarios para preservar la salud y mejorar la calidad de vida de los habitantes de las zonas urbanas.

Otra eficaz medida serían las cubiertas verdes y los jardines verticales. En muchas ocasiones no resulta posible crear parques o zonas verdes porque, literalmente, todo el espacio está ocupado por edificios y otras infraestructuras.

En este caso, utilizar los tejados y las fachadas de los edificios como soporte para plantas se convierte en una excelente opción. Igual que en el caso anterior, estas plantas purifican el aire reteniendo CO2 y otros contaminantes y liberan oxígeno. También, además de refrescar el ambiente, funcionan como aislante térmico y acústico. Por si esto fuera poco, las cubiertas vegetales y los jardines verticales prolongan la vida de los edificios. El manto vegetal de estas instalaciones protege los tejados y fachadas del impacto directo del sol, viento, lluvia, granizo, etc., evitando así el desgate y los daños que las inclemencias meteorológicas pueden causar.

Otra medida sencilla pero muy efectiva sería pintar los tejados de blanco. El color blanco refleja la luz solar y evita que el calor se acumule en los tejados, como sucede cuando son de colores oscuros. Esta estrategia podemos verla desde hace siglos en infinidad de pueblos del sur de Europa y del norte de África, y muchas de las ciudades más importantes de todo el mundo han comenzado a imitarla dada su rapidez de implantación, economía y buenos resultados.

En este mismo sentido, evitar la acumulación de calor en las superficies, estaría la opción de hacer los suelos más permeables. Si el agua se filtra a través del suelo, este se refresca y reduce también la temperatura del entorno al retener la humedad y evaporar el agua poco a poco.

Además, los suelos permeables  presentan otros beneficios medioambientales. El agua de lluvia permitiría recargar los acuíferos subterráneos, se evitaría que acabara rápidamente en la red de alcantarillado, que es lo que sucede cuando el suelo es, por ejemplo, asfalto u hormigón, y reduciría el riesgo de inundaciones en las ciudades.

Una prueba de la efectividad de estas medidas es que una ciudad tan importante y simbólica como Paris se ha propuesto, en los próximos años, eliminar el 40% de su asfalto y sustituirlo por zonas verdes o superficies más permeables. También pretenden pintar de blanco sus carismáticos tejados de zinc negro que, por muy elegantes que sean, son auténticos acumuladores de calor que convierten en un problema cada vez mayor vivir en su interior o conseguir enfriarlos.

Estas y otras propuestas más sencillas, como la instalación de parasoles, fuentes y pulverizadores de agua en la ciudades, pueden ayudar a que la vida de sus habitantes sea más llevadera. La determinación de cambiar las cosas y la ejecución de una combinación de soluciones tradicionales e innovadoras pueden marcar la diferencia y servir de punto de inflexión ante los desafíos que el cambio climático nos presenta.

Llevar a cabo todos estos cambios supondrá mucho tiempo, esfuerzo  y dinero, pero, no hacerlos, tendría consecuencias mucho peores que, con el tiempo, sin duda, serían irreversibles y nos llevarían a un escenario que es mejor no imaginar. Estamos a tiempo.

Imagen de un hombre descansando a la sombra de un árbol en el parque de una gran ciudad
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